Era la primera mañana tranquila desde que Cecil había vuelto a casa.
El aroma a jazmín flotaba en el jardín, y el sonido suave del viento entre las hojas le recordaba a Cecil lo cerca que había estado de no volver a escuchar nada.
Estaba sentada en el kiosko, con una manta sobre las piernas y su bastón descansando al lado del banco. Alejandro, a unos metros, cuidaba las flores. El aire entre ambos era cálido, suave, como si el tiempo por fin les regalara una tregua.
—¿Qué estás leyendo, bonita?