Agua de luna
El sol descendía como si el mundo entero hubiera decidido tomar una pausa para respirar. Las sombras se alargaban, extendiendo sus dedos sobre la hierba húmeda, y el cielo comenzaba a pintarse con tonos de lavanda y coral. Alejandro conducía en silencio, con una mano en el volante y la otra sobre la de Cecil. Ella, con la cabeza ligeramente inclinada hacia la ventanilla, sonreía. A pesar de no poder ver el paisaje, sentía el cambio del aire, el aroma de la vegetación espesa, el son