—Hermano, debes quitar esa cara—me decía Carlo trayendo un poco de whisky en un vaso y extendiéndomelo.
—No puedo estar tranquilo, esa mujer es tan…—tomé el vaso que me ofrecía, él también había tomado un vaso.
—Ofenderla no te llevará a nada—reprochó mi amigo, dándome un sutil tirón para regañarme.
Lo miré a sus avellanados ojos de soslayo, al parecer estaba más preocupado por mí de lo que esperaba.
—Ya lo sé, pero ¿Qué puedo hacer? —miré hacia la costa.
Ya era de noche y las luces ambarinas r