Capítulo 62. Huellas que se Desvanecen
—¡Deja de mentirme, Mateo! Si este lugar está vacío, ¿entonces a dónde se supone que me llevaron esas malditas coordenadas? —rugió Alejandro, su voz resonando con furia entre las paredes de piedra de la vieja posada en la cima de Montserrat.
Lanzó una patada violenta, destrozando una silla de madera de pino cerca de la cama. Las astillas volaron en todas direcciones. Una niebla espesa y húmeda se filtraba por la puerta de madera que acababa de forzar, trayendo consigo un frío glacial que calab