Doménico estaba pálido, fuertes náuseas le azotaban el pecho, no podía creer lo que su hermana le pedía, lo quería a él, quería ser su mujer y la madre de sus hijos, pero carajo ella era su hermana de sangre
—¡¿Qué!? ¿de qué hablas? ¿cómo puedes decir que me quieres a mí? ¡recapacita Delia, somos hermanos!
— ¡Yo no te veo como mi hermano, yo te veo con amor desde que tenía quince años, te he amado en silencio, he tenido que correrte a todas esas mujeres que se interesaban en ti por qué moría d