Dos días después
Albany
Kelly
Darle la razón a un maldito imbécil es como ponerte una bala en las sienes. No porque tenga la verdad —que a veces la tiene, el cabrón—, sino porque apenas asientas, apenas cedas un centímetro, ya estás acabada. Le das el arma y el permiso para usarla. Le entregas el control en bandeja de plata, como una idiota enamorada. Y lo peor es que ni siquiera necesita gritar, ni amenazar, ni rogar. Basta con que tú te quiebres un poco. Basta con que parpadees más lento, o c