—Lo siento, no sabía que eras tú.
Fabiola, nerviosa, llevó a Benedicto a sentarse en el sofá, encendió la luz y al ver la herida, su corazón se contrajo nuevamente, y se apresuró a buscar el botiquín de primeros auxilios por toda la habitación.
Benedicto quería decir que una pequeña herida no era para preocuparse, pero de reojo vio la ropa interior esparcida en la caja.
Su cerebro se colapsó en ese instante.
Esas prendas eran las que él había hecho seleccionar.
Las había mandado directamente des