Capítulo 308
En el estacionamiento subterráneo.

Fabiola se subió al coche y, en el momento en que llamó a Benedicto, se dio cuenta de lo mucho que temblaba.

Pulsó mal varias teclas antes de lograr llamar a Benedicto.

El teléfono sonó de inmediato.

—Cariño.

Fabiola no tenía intención de llorar, pero al escuchar la voz baja y magnética de Benedicto, su nariz se agrió y comenzó a sollozar: —Benedicto, ganamos, ¡ganamos!

Al escuchar la palabra nos, el corazón de Benedicto dio un vuelco.

—Cariño, ¡eres increíble!
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