Cuando Benedicto subió a la habitación principal, estaba vacía.
Se frotó la frente.
Probablemente esta vez no sería tan fácil reconciliarse.
Al día siguiente.
Patricia aprovechó el descanso del mediodía para ir a la villa.
—Cuando me diste la dirección pensé que habías vuelto a la casa de los Salinas —dijo Patricia, mirando la gran villa, todavía incrédula. —¿Esta casa realmente la compró Benedicto?
—¿Por qué te mentiría? —Fabiola llevó a Patricia arriba.
—Tenía miedo de que te dejaras engañar p