Benedicto tiró todas las tarjetas a la basura: —No.
—Mientes —dijo Fabiola, sonriendo levemente.
Benedicto la miró de reojo.
Fabiola rápidamente ocultó su sonrisa: —¿Qué pasa?
—¿Estás celosa? —preguntó Benedicto con una sonrisa sarcástica.
El rostro de Fabiola se enrojeció como un camarón cocido, protestando: —No.
Justo en ese momento, un hombre vestido de traje negro se acercó corriendo y se inclinó ante Benedicto, hablando en un fluido inglés.
Fabiola había vivido en el extranjero desde los oc