CAPITULO 1:

Cuando sus ojos color noche finalmente volvieron a abrirse, tardaron unos segundos en acostumbrarse a la poca iluminación.

El ambiente estaba viciado por el fétido aroma a drenaje, mezclado con humedad y humo de cigarrillos.

Una vez, las siluetas y sombras cobraron sentido en su visión, Daphne notó que estaba atada a una silla, en medio de una habitación cuyas paredes y ventanas estaban recubiertas por diarios viejos.

—Buenos días mi amor—dijo una voz ronca en su oído.

Dando un pequeño sobresalto en su lugar, notó la presencia del hombre, aún estaba algo aturdida para hablar o incluso luchar para zafarse de las fuertes sogas que apresaban su cuerpo.

Por lo cual no pudo hacer nada mientras él hombre rozaba la punta de su nariz contra el oído de ella y comenzaba a bajar por su cuerpo.

Indefensa, confundida y aturdida, Daphne Moon no pudo hacer nada mientras el hombre seguía olisqueando su cuerpo; ni siquiera logró contener una lágrima que caía de sus ojos.

—¿Por qué lloras?—interrogó el hombre, cuyo rostro permanecía envuelto en sombras, al notar las lágrimas deslizándose por sus mejillas.

Daphne no respondió, su cabeza daba vueltas sin lograr comprender por completo lo que estaba ocurriendo.

La falta de una respuesta no agradó en absoluto al hombre, quien se incorporó de forma brusca, y colocándose frente a ella, estampó el reverso de su mano derecha contra la mejilla de ella.

El brutal golpe, dejó la cabeza de ella colgando en un ángulo extraño sobre su hombro izquierdo, sintió el gusto cobrizo de la sangre en la punta de su lengua y lo ignoró.

—¡Mírame!—gruñó el hombre de ojos marrones.

Haciendo acopio de todas sus fuerzas y control que aún ejercía sobre su cuerpo, Daphne elevó sus ojos color noche inundados de lágrimas hasta él.

Debía admitir que era atractivo, sin embargo la sonrisa aterradora que tiraba de sus labios resecos y la promesa de violencia salpicando sus ojos, le arrancaban los atributos que sus rasgos físicos le otorgaban.

—Eso es preciosa, después de todo no era tan difícil ¿No lo crees?—ronroneó él, mientras deslizaba una mano por la mejilla enrojecida de ella—Bueno, permíteme presentarme, soy Erick Sowler.

Con velocidad, ella comenzó a rebuscar en su mente algún indicio del nombre, algún ex cliente, pero no había nada. El hombre frente a ella no tenía nada que ver con su vida pasada o presente.

—No es necesario que me digas tu nombre Daphne, ya lo sé. Llevo investigando bastante tiempo, sin embargo me resulta imposible conocer por completo tu vida—volvió a hablar él, la sonrisa de dientes podridos por el tabaco aún presente en su rostro.

La hermosa mujer enderezó lo más que pudo su columna vertebral, elevó el mentón y le dedicó una mirada cargada de odio a su captor.

—No me mires así, solo quiero conocerte más. Hagamos un juego, si tú me cuentas tu vida, yo aflojaré las sogas ¿Quieres?—dijo Erick, su voz adquiriendo un tono empalagosamente dulce.

Daphne sabía lo que iba a ocurrir, aquel hombre estaba obsesionado con ella a un nivel que no lograba comprender en su totalidad. Si le decía todo, si le contaba cada pedazo de su desastrosa vida, él finalmente la mataría por aburrimiento.

La única opción que tenía para lograr escapar con vida, era ganar tiempo; el suficiente para encontrar una forma de escapar o que alguien la encontrara.

«Dorian, Luca» 

Ambos rostros volaron a su mente, sin embargo la tristeza se alzó en sus recuerdos.

El millonario estaría fascinado por la llegada de su hermano y la presencia de Elena nuevamente en su vida.

Por otro lado, Luca estaría deambulando en los brazos de sus amantes mientras investigaba algún otro posible caso.

Solo quedaba como opción la agencia, quienes tomarían su ausencia como una deserción y le darían caza.

 Al menos era algo.

Con eso en mente, Daphne se obligaría a ser fuerte y evitar hablar lo más que pudiera. 

Volviendo a mirar a Erick con asco y repudio, respiró profundamente una vez antes de juntar toda la fuerza de voluntad que le fuera posible para escupir el rostro del hombre.

Dibujando una sonrisa en sus labios carnosos, la mujer cuyos ojos parecían invocar la noche más profunda, observó con deleite como la secreción se deslizaba de forma perezosa por el rostro del hombre.

Tal como lo esperaba, el rostro anguloso y firme del hombre se retorció por la cólera que comenzaba a hervir su sangre.

Aún así, lo siguiente no lo podría haber previsto ni una docena de agentes bien entrenados.

Puesto que en el rostro de Erick Sowler se dibujó una sonrisa cargada de malicia y perversión.

—Bueno, entonces será del modo difícil—comenzó a decir él con deleite—tal como a mí me gusta.

El hombre de cabello casi rojo, se incorporó y deslizando una mano en el bolsillo del harapiento pantalón, extrajo una navaja.

La sangre en las venas de Daphne se congeló, mientras comenzaba a respirar de forma acelerada, observando como la hoja de la navaja se acercaba más y más a ella.

«Eres Daphne Moon y no tienes miedo, tu corazón es de fuego, tu voluntad de hierro. No te doblegas ante nada» se recordó a sí misma, al tiempo que intentaba no temblar.

Cuando la hoja comenzó a deslizarse sobre su piel, extrayendo sangre y tejido a su paso, los gritos comenzaron.

Ni siquiera cuando su garganta se quebró y el sonido comenzó a raspar a su salida, el hombre se detuvo, por el contrario, parecía estar disfrutando del momento.

Las lágrimas cayeron de sus ojos, como las hojas caen en otoño, mientras la hermosa mujer no podía dejar de preguntarse ¿Cómo nadie había escuchado sus gritos?.

Hasta que lo comprendió, estaba lejos de todos y todo.

El podría hacer lo que se le viniera a la mente con ella, con la seguridad y certeza que nadie lo molestaría.

«No tienes miedo, no te doblegas» se recordó a sí misma cuando Erick se apartó finalmente.

Pero no por cansancio o empatía. No. Él se había apartado para encontrar algo más divertido con lo cual torturarla. 

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