Narrado por Mia Blackwood
El frío fue lo primero que sentí. Un frío húmedo y metálico que se filtraba por mis huesos, seguido del olor acre del serrín podrido y la gasolina. Abrí los ojos con esfuerzo, sintiendo que mi cabeza pesaba una tonelada. Estaba atada a una silla de madera en medio de una bodega que parecía sacada de una pesadilla industrial.
Frente a mí, la silueta de un hombre se recortaba contra una bombilla que parpadeaba. No reconocía su rostro, pero su sola presencia desprendía un