—Sí, mira que tonta soy, tan torpe que me quedé paradota aquí abrazándote como boba en la puerta.
Doña Marta se secó las lágrimas, tiró de Perla y la llevó hacia adentro. Mientras caminaban, reía con ganas.
—Ya estoy vieja, y la cabeza ya no me da para tanto.
—Ven, siéntate. Lana, saca las cerezas grandes del refrigerador, a la señorita Balan le encantan. Ayer el señor las mandó a traer, y hoy tú por fin vuelves.
Doña Marta andaba de un lado para otro, nada más entrar ya estaba organizando todo.