Después del almuerzo, el grupo decidió pasar el resto del día disfrutando de la tranquila atmósfera de la mansión Rossi-Moretti. Los últimos rayos del sol se filtraban a través de las ventanas, bañando la sala en un resplandor cálido que parecía abrazar todo a su paso. El aire, aún cargado del aroma de la cena, era suave y tibio, aunque la brisa fresca de la noche comenzaba a insinuarse, anunciando un cambio inminente en la temperatura.
Isabella y Chiara estaban en la sala, cómodamente instalad