Francesco y sus hombres se dirigían al puerto. Al mismo tiempo, Isabella se encontraba en un apartado lugar. El dolor se esparcía por cada rincón de su cuerpo como llamas abrasadoras. Sentía el sabor metálico de la sangre en su boca, su labio partido palpitaba con intensidad y su mejilla ardía por el último golpe recibido. Atada a una silla de madera en medio de un lúgubre depósito, la luz de una única bombilla colgante oscilaba sobre ella, proyectando sombras grotescas en las paredes mohosas.