Me sentía impaciente mirando el reloj de mi muñeca una y otra vez. Eran las diez de la noche y todavía Alexander no llegaba a nuestro encuentro.
¿Se habrá arrepentido?
Miraba mi móvil debatiéndome si escribirle o no; el timbre suena y mi corazón se acelera aún más de lo que ya estaba.
Suspiro tratando de calmar mis nervios, camino a la puerta y al abrir lo encuentro con una mirada algo cansada pero con una liviana sonrisa.
—Hola, lamento llegar tarde —Deja un beso en mi mejilla y entra —. Dante