Miro la herida con desesperación, sintiendo su sangre caliente empapar mis manos.
—¡Joder, Sophía, aguanta! —mi voz suena tensa, desesperada, casi brutal.
Su mirada se nubla, pero su mano se aferra débilmente a mi camisa. Su respiración es irregular, y un escalofrío de puro terror me recorre la espalda.
No puedo perderla. No así. No ahora.
Alrededor, el caos estalla. Valentina grita, completamente en shock, mientras yo levanto a Sophía en brazos, ignorando el dolor que me causa verla así.
—¡Lla