RAFE
La celda era exactamente lo que imaginaba.
De piedra, húmeda y fría, con gruesas cadenas plateadas, atornilladas a la pared, apretadas con fuerza alrededor de mis muñecas. Olía a moho, agua estancada y mi propia sangre.
Tenía el ojo izquierdo hinchado, casi cerrado por el puño del guardia, me dolían las costillas con cada respiración, pero el dolor era leve; lo único que importaba era el vínculo.
Seguía ahí, un calor constante y vibrante en mi pecho. Luca estaba vivo. Estaba asustado, pero