—No… no se trata de un asesinato —murmuró Jordan, como si cada palabra se abriera paso entre escombros de miedo—. Pero… sí borré todo rastro… de una mujer.
Reinhardt se apartó un poco, no con violencia, sino con ese gesto leve y peligroso que suele preceder a una tormenta.
Reinhardt no parecía horrorizado. Más bien, lo que se dibujaba en su rostro era otra cosa: confusión… y una sombra de celos. Como si la mención de una mujer fuera una amenaza.
—¿Una mujer? —preguntó Reinhardt, con la mandíbul