Reinhardt se dejó caer pesadamente sobre la silla, observando a Jordan quien colocó otra silla frente a él y se sentó con determinación, inclinándose ligeramente hacia adelante.
—Date vuelta —impuso el chico, a lo que el Jefe soltó un bufido, pero obedeció.
Jordan primero trató la espalda, recorriéndola con sus dedos antes de aplicar la mezcla de hierbas. La piel del mafioso era dura y cálida, con cicatrices de batallas pasadas que contaban su propia historia. Jordan no podía evitar admirar la