El incendio había consumido casi todo el mercado. Desde la mañana hasta bien entrada la tarde, Isabella había permanecido allí, ayudando en lo que podía. Se quedó moviendo escombros, asistiendo a los que intentaban salvar algo de los restos carbonizados, escuchando los lamentos de aquellos que lo habían perdido todo. Había sentido el ardor del humo en la garganta y los ojos, la piel pegajosa por el hollín y el sudor. Se había quedado también para procesar el hecho de que su jefa había muerto en