Grasya estaba a punto de enloquecer. Aquello no era un castigo, era una tortura. Cada vez que llegaba al borde del clímax, Helios se detenía en seco, dejando que el fuego en sus venas ardiera con más intensidad, más salvaje, hasta que pensó que se desmoronaría por completo.
—¿Luchando, verdad? —Su voz era baja, cargada de satisfacción—. Esto es lo que te ganas por desobedecerme. Por salir de la villa sin permiso.
—No puedo… no aguanto más —sollozó ella.
Helios sonrió, una sonrisa ardiente, p