—Hazme feliz. Ahora.
Grasya tragó saliva con dificultad. Su mirada descendió hacia la larga y dura erección de Helios de Crassus. Era enorme: palpitante, caliente y pesado en su mano. La punta, de un rosa intenso y cálido, ya brillaba con una gota de líquido preseminal. Grueso y firme desde la base hasta el glande. Aún le costaba creer que algo así pudiera caber dentro de ella.
Apretó el puño alrededor de él. Ese simple movimiento arrancó un gruñido ronco y gutural del pecho masculino.
—¿Qué