«Te espero afuera».
Su voz sonó cortante, helada. La larga sombra que proyectaba parecía oscurecer cada rasgo del rostro del jefe de la mafia. Sus ojos cortaban como pedernales; la mandíbula tan tensa que parecía tallada en piedra.
Se dio la vuelta y la amplia y poderosa espalda llenó por completo su visión. Justo cuando levantó un pie para marcharse, ella se abalanzó y le atrapó la mano.
—Espera… por favor —susurró, sujetándolo con fuerza.
Un sonido gutural y bajo vibró en el pecho de él. L