—¡Ah, estoy muerta! — exageró Alma al dejarse caer sobre una banca metálica en la cafetería y tirar de mala gana su mochila —¿Pueden creer que con el frío que hace los maestros tengan la maligna intención de llenarnos de tareas?... yo sólo quiero envolverme en mi cama— se quejó al apoyar cansadamente su rostro en la mesa.
—Yo apoyo eso— respondió Sara al tomar de su vaso de café caliente.
—¿Y tú? ¿qué demonios tienes? — volvió a hablar Alma al ver a Regina con la mirada perdida en su humeante