Lilia.
—¿Q-quién eres? —balbuceé, hipnotizada por su atractivo.
Imaginé que el jefe del que hablaba el otro sería un viejo horrible y asqueroso que tendría olor a alcohol, pero el aliento de ese hombre llegó a mi nariz y olía a menta.
Curveó una sonrisa y me obligó a levantarme.
—No puedo creer que no me recuerdes —Negó con la cabeza, usando unas llaves para quitarme las esposas.
Tomó mis manos lastimadas, por lo que solté un quejido de dolor y él se dispuso a inspeccionar las heridas. Eran var