Libi seguía lamentándose por el atroz episodio, con la cabeza escondida debajo de la almohada.
—Si todavía quieres prestarme tu tarjeta de crédito, podría hacerme una cirugía plástica y cambiarme el nombre.
En su torpe intento de ser una mujer sensual y desinhibida, Libi había descubierto que no había límites para la vergüenza que podía llegar a sentir.
—No te mortifiques —la consoló Irum—, despediré a la criada y ya, fin del asunto.
—No. No puedes hacer eso. Esto fue mi culpa por... por inde