Marcelo terminó de trabajar frente a la computadora y fue a ver a Libi. Su inquieta socia había estado demasiado silenciosa toda la mañana y esperaba su opinión sobre unos artículos que estaba diseñando. La razón quedó clara cuando la encontró dormida sobre el escritorio.
En su pálido rostro, las ojeras no se mantenían ocultas mucho tiempo y las de ella parecían brillar como una baliza que alertaba sobre un peligro inminente. Le cubrió la espalda con la chaqueta que colgaba del respaldo de la s