La oficina estaba en completo silencio. Afuera, la ciudad seguía vibrando con su caos nocturno, pero dentro de esas paredes de vidrio todo era estático, casi aséptico. El único sonido era el leve zumbido del aire acondicionado y el clic constante de mi teclado, y uno que otro suspiro de exasperación que se me escapaba de tanto en tanto.
Habían pasado horas desde que todos se marcharon. Desde que la última puerta se cerró y el edificio se hundió en esa calma artificial que solo ocurre cuando el