El amanecer aún no había tocado la entrada de la cueva cuando abrí los ojos. No había dormido más después del sueño… porque sabía que no había sido realmente un sueño. La Diosa nunca hablaba en vano, y aquella visión —mi madre agotada, mis cachorros rodeados de luz, la sombra mordiendo la luna— seguía tan viva en mi mente que podía sentirla impregnada en mi piel.
Ashen seguía despierto, sentado cerca de la entrada, la espalda recta, la mirada encendida por la luz tenue del exterior. No había de