Mundo ficciónIniciar sesiónPOV de Tania
—Siguiente —anunció Rosa, con la voz arrastrada.Suspiré, pero aun así abrí la sexta lata de cerveza para ella. La vi tomarla de mi mano con dedos temblorosos y dar un gran trago.
—De verdad deberías parar —le dije—. Emborracharte no va a borrar el dolor. Tal vez lo adormezca un rato, pero nada más. Está bien llorar, Rosa. Verte intentar guardarlo todo dentro es desesperante.
Nunca la había visto tan rota. Rosa siempre había sido la más fuerte entre las dos, y aun así, incluso ahora, se esforzaba por no dejar caer las lágrimas.
De repente, como si algo se hubiera apoderado de ella, empezó a reír.
—Quiero llorar, Tania. De verdad que sí —dijo—. Pero las lágrimas ya no salen desde ayer, desde la UCI. Creo que es porque, en el fondo, sé que la muerte de Celeste no fue mi culpa. Esa cirugía fue un maldito éxito. ¿Y sabes por qué estoy tan segura? Porque la hice yo. Con mis propias manos. Saqué ese tumor con mis propias manos y ella estaba perfectamente bien después. Así que dime… ¿cómo murió?
Sus palabras salían desordenadas, mezcladas con alcohol y rabia.
—Rosa, estás borracha —respondí con cuidado—. Hablemos de esto cuando estés más sobria, ¿sí?
Confiaba en ella, pero no estaba segura de que todo lo que decía en ese estado fuera prudente creerlo.
—No me crees, ¿verdad? Nadie me va a creer. De hecho… ni yo misma me creo del todo. Pero hay algo que no deja de rondarme la cabeza, como si alguien…
Su voz se apagó de golpe. Se quedó dormida a mitad de la frase.
La llevé a la cama y la cubrí con cuidado, todavía pensando en lo que había intentado decir.
*******
POV de Rosa
Riiiiiing. Riiiiiing. Riiiiiing.La resaca hizo que el sonido de la alarma fuera insoportable y me despertó más rápido de lo normal. No necesité mirar el reloj; siempre la programaba para las seis de la mañana.
Iba camino a la cocina en busca de algo para la resaca cuando mi teléfono vibró. Era un mensaje del doctor Johnson. Más que un mensaje, era una orden: tenía que estar en su oficina a las siete en punto.
La bebida quedó olvidada. Corrí al baño para arreglarme. En ese momento, mi futuro en el hospital dependía de él, aunque me doliera admitirlo.
*******
El pasillo del hospital estaba lleno de murmullos. Miradas que se clavaban en mí como acusaciones silenciosas. Aun así, mantuve una expresión tranquila, aunque mi corazón latía desbocado.
La muerte de Celeste era el tema del hospital… y del país entero. Todos hablaban de la famosa bloguera. Nadie hablaba de mí con compasión.
Cuando llegué a la oficina del doctor Johnson, la puerta parecía más pesada de lo normal. Respiré hondo y toqué.
—Doctora Rosa —dijo él, con una mirada fría.
Asentí.
—La junta ha terminado de revisar las circunstancias de la muerte de la señorita Celeste —continuó—. Aunque su técnica quirúrgica fue adecuada, existen dudas sobre el monitoreo postoperatorio.
—La causa fue un paro cardíaco repentino —respondí—. Seguimos todos los protocolos. Fue… imprevisible.
Su mirada se volvió aún más dura.
—Este hospital está bajo un escrutinio público intenso. Nuestra reputación depende de la confianza, y esa confianza se ha visto afectada. Por ello, la junta ha decidido terminar su contrato con efecto inmediato.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
—¿No hay otra opción? —pregunté.
—Lo siento, Rosa. No mereces esto, pero alguien debe asumir la responsabilidad.
La ironía de la situación casi me hizo reír.
—Entiendo —susurré.
Empaqué mis cosas en silencio. Mi placa con mi nombre pesaba más de lo normal. Guardé mi título médico en una caja sin derramar una sola lágrima.
Pasé por la oficina de Tania, pero no estaba. Le dejé una nota bajo la puerta.
Me despidieron. Estoy bien… demasiado bien para una desempleada. Supongo que es lo mejor.
—Rosa
Esa noche, me acurruqué en el sofá con una taza de té intacta. En la televisión, el rostro de Celeste aparecía una y otra vez.
ÚLTIMA HORA: Bloguera muere tras cirugía rutinaria — Cirujana bajo investigación.
Apagué el televisor con frustración.
Mi teléfono vibró.
Mamá.
—Hola, mamá.
—Cariño… ¿estás bien? —preguntó, con la voz temblorosa.
Las lágrimas finalmente salieron.
—No lo sé.
—Te despidieron, ¿verdad? —dijo con suavidad—. Yo sé que no fue tu culpa. Confío en ti.
Cerré los ojos.
—Hice todo bien… y aun así murió.
—Ven a casa —me pidió—. Déjame cuidarte un poco.
Quise decir que sí. Pero no pude.
—Necesito pensar qué sigue.
—Solo prométeme que no dejarás que esto te quite las ganas de sanar a otros.
Tragué saliva.
—No lo haré.







