La tranquilidad de la oficina se vio interrumpida bruscamente por el insistente repiqueteo del teléfono de Tristan.
—Discúlpeme, señor. Debo atender esta llamada —dijo Tristan, buscando el permiso de Alexander con una rápida mirada de disculpa.
Alexander hizo un gesto con la mano para que procediera.
Tristan respondió, y su semblante cambió mientras escuchaba atentamente a la voz al otro lado de la línea. Alexander lo observaba de cerca; su curiosidad aumentaba con cada segundo que pasaba.