Los efectos de la droga ya habían debilitado a Beth, y el agua fría implacable la mareó. Mientras el calor dentro de ella comenzaba a disminuir, su cuerpo se volvió flácido. Apenas podía levantar las manos. El mareo que giraba en su cabeza se intensificaba con cada gota de agua.
Se desplomó contra el borde de la bañera, su respiración llegando en jadeos superficiales. Su rostro se vació de color, y sus labios se volvieron pálidos. Aterrorizado, Alex cerró de golpe la llave.
—¡Beth! —gritó, agac