Angélica se sentó en la mesa privada sin esperar siquiera una invitación formal, y el Ruso sonrió de inmediato ante semejante atrevimiento. Sus ojos oscuros la recorrieron con una lentitud que le erizó la piel.
—¿Viniste a pagarme otra de las cuotas? Pensé en llamarte hoy mismo, pero veo que me ha