Reina
Sabía que estaba maldita, y aunque lo había admitido, casi me parecía extraño que, de alguna manera, el destino siempre tuviera una nueva forma de sorprenderme. Si alguien me hubiera dicho que Caine y yo follaríamos tan duro como conejos la noche anterior y que él me pediría ser su compañera de cama oficial a la mañana siguiente, me habría reído tanto que no les habría quedado más remedio que retirarse.
Pero al mismo tiempo, casi no podía creer que realmente hubiera aceptado su oferta. Co