Valeria Ramírez sintió que su palma se calentaba cada vez más, se sentía cada vez más inquieta. —Si quieres pensar así, está bien.
¿Qué importa compartir su cama cuando ya le había entregado su vida?
Mauricio Soler observó a la mujer cerrar los ojos; sus largas pestañas aún temblaban. Lo encontró interesante y el sutil aroma del té blanco lo hizo respirar con más dificultad.
Unos segundos después, Mauricio Soler tomó la iniciativa de separar la distancia entre ellos, soltó su mano y dijo, —Vámon