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—Qué… —empezó a hablar Amelia, controlando todo lo posible su voz, su respiración, su cuerpo, que lo que quería era gritar, salir corriendo, romper algo—. ¿Qué haces aquí? Cómo…

—Es fácil subir a tu habitación —sonrió él, como si en vez de haber irrumpido en la casa de una familia a altas horas de la noche, estuviera de picnic en el parque en un día soleado—. De alguna manera, sabía dónde pisar para no hacer ruido. Nunca subí aquí a hurtadillas, ¿no? —Amelia tragó saliva. Sí, en la línea oscura, ella le permitió subir a su habitación varias veces.

Nunca pasaba nada, porque respetaba demasiado la casa de sus padres como para mancillarla de esa manera, pero le inquietó que él tuviera esos “recuerdos”.

—Tendría yo

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