Me quedé acurrucada en la cama, con la cara hundida en la almohada, empapándola con lágrimas que me odiaba derramar. Sabía lo que hacía. Sabía que era infantil. Pero me dolía el pecho por la sensación de decepcionar a mi madre.
La puerta del dormitorio se abrió y no me moví. No necesitaba mirar para saber que era él.
Entonces el colchón se hundió y de repente sentí su calor al extenderse a mi lado. No me tocó. No hacía falta.
—Sabrina… —dijo en voz baja. Su voz era suave—. Cariño, mírame. Por f