Pasé el resto del día dando vueltas por mi habitación, sintiendo que las paredes se cerraban cada vez más con cada minuto que pasaba. No podía concentrarme en nada más que en el rostro de mi madre. La decepción, la desesperación y la angustia de tener que dejarla en Oregón. Todavía me dolía el pecho por el abrazo que nunca me dio. Cada vez que parpadeaba, veía cómo se había dado la vuelta.
Parecía que mi madre tenía razón. Por mucho que todos dijeran que se preocupaba por mí, sentía que solo le