Héctor la miró fijamente, y por un momento, Luciana pensó que tal vez había logrado romper esa máscara de imperturbabilidad que siempre llevaba. Pero entonces, él se inclinó más cerca, tan cerca que su aliento cálido rozó la piel de su cuello.
“Te guste o no, Luciana, siempre serás mía “—susurró, con una intensidad que la hizo estremecerse—. Y tarde o temprano, lo entenderás.
Luciana cerró los ojos por un segundo, sintiendo la presión en su pecho aumentar, pero no iba a ceder. No esta vez. Alej