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La continuidad de ese proceso no trajo respuestas inmediatas, pero sí una sensación cada vez más estable de dirección.

No una dirección rígida.

No una línea recta.

Sino una orientación interna que empezaba a sostenerse por sí misma.

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En la ciudad costera, la luz cambió otra vez.

Ya no era solo más cálida.

Era más constante.

Las tardes se alargaban hasta confundirse con la noche, y el límite entre ambas se volvía difuso.

Camila comenzó a notar cómo ese cambio también afectaba su percepción de
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