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El movimiento continuó, pero ya no como antes.

No era una búsqueda desesperada ni una necesidad constante de cambio. Era un fluir más consciente, una manera de avanzar sin romper lo que ya estaba construido.

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En la ciudad costera, el clima se volvió más amable.

Las tardes se extendían con una luz dorada que parecía quedarse suspendida sobre el mar. Las sombras eran más suaves, y el aire llevaba un calor leve que invitaba a permanecer afuera un poco más de lo habitual.

Camila comenzó a quedar
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