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La noche no trajo sueños tranquilos. No fueron pesadillas, tampoco recuerdos nítidos, sino una sucesión de imágenes inconclusas, como escenas mal iluminadas que se desvanecían antes de adquirir sentido. Al despertar, el cuerpo estaba cansado, pero la mente extrañamente clara. Esa claridad no era paz; era determinación.

El reloj marcaba las seis y media. Demasiado temprano para alguien que no tenía obligaciones inmediatas, pero quedarse en la cama se sentía inútil. Me levanté, me duché con agua
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