Punto de vista del escritor
—¡No! No lo hagas. Si lo que quieres es dinero, yo lo pago —dijo la desconocida, suplicándole a la persona al otro lado del teléfono—. ¿Crees que puedes comprar mi silencio?
—Dime qué precio, encontraré la manera de conseguirlo.
—Cincuenta millones por mi silencio, cien millones por deshacerme de las fotos y doscientos millones por el vídeo. —Una voz traviesa llegó del otro lado del teléfono. Siguió una risa ahogada y luego un susurro: —Tienes dos días.
Las cosas se estaban poniendo mucho más complicadas. Observé cómo mi bolígrafo se movía, la imaginación se convertía en realidad. Podía sentir la emoción, la tensión en los huesos de aquella desconocida.
—Es demasiado... ¿Cómo consigo tal cantidad en dos puñeteros días? Dame más tiempo, por favor.
—Una semana, nada más, nada menos. La llamada se cortó al instante. El suspense me estaba volviendo loco. ¿Cómo explicar que dejé que mis personajes escribieran su propia historia? Mis dedos son solo