Scott
—Fóllame.
Su susurro sin aliento hizo que un escalofrío de placer recorriera mi columna. Ni siquiera me había tocado todavía.
—Lo haré, nena. Lo haré —murmuré, pegándola con más fuerza contra la pared, asegurándome de que sintiera lo duro que estaba por ella.
Estampó sus labios contra los míos, acunando mi rostro con ambas manos. El beso fue desesperado, caliente: una promesa de un buen polvo.
—¡Para! —dijo ella sin aliento, empujándome.
—¿Que pare?
Joder, estaba tan confundido y tan jodi