YUSLEVI
Cuando mi alemán se marchó volví a mi sueño divino y profundo o estaba en eso cuando un estruendoso portazo me hizo abrir los ojos, me despertó la cara de sapo de mi suegra.
—¿Señora que hora es? —pregunté conteniendo mi arrechera.
—Las ocho de la mañana.
—¡¿Y qué hace levantándome a esta hora?! Que yo sepa hoy es sábado, el día en que puedo dormir hasta las doce si me da la gana porque no trabajo.
—Al que buen madrugador… —tape mi cabeza con la almohada para no escucharla.
—Señora,