CAPÍTULO 31. MI UNICO DESEO ES QUE SEAS FELIZ
Con el dorso subiendo y bajando, aún agitado, después de haberse entregado a aquella pasión desbordada que ya no podían esconder, Isabella acomodó su rostro en el firme pectoral de él, y comenzó a deslizar la yema de sus dedos sobre su pecho, trazando suaves círculos sobre la tibieza de su piel, disfrutando de haberse entregado libremente al amor, que emanaba desde lo más profundo de su ser.
—Fue maravilloso —pronunció con la voz un poco ronca—, jamás me había sentido así —confesó elevando su r