Entrar a la mansión Fernández fue como entrar a terreno minado. Había un cierto silencio en el auto, en cuanto pasamos las enormes rejas negras de la casa.
Y cuando la camioneta se estaciona enfrente de la mansión pintada de blanco, empiezo a sentir mucha presión.
William se baja del auto en silencio, para como siempre ofrecerme su mano, para después poder bajar de la enorme camioneta. Tomé de su mano, pero estaba muy fría, era como si todo el calor de su cuerpo se hubiera esfumado. Creía que,