Sabrina pensó en Francisco y no dijo nada.
Después del desayuno, Sabrina fue a ver a Francisco.
Seguía durmiendo y Sabrina le extrajo unos mililitros de sangre para llevarlos al laboratorio y analizarlos.
Eran las diez de la mañana cuando Francisco por fin se despertó.
Sabrina le había estado cuidando en la habitación, y cuando le vio despierto le ayudó a sentarse, —¿Cómo te sientes ahora?
—Estoy mejor.
Francisco movió su brazo herido, —La herida ya no me duele.
—No puedes sentir el dolor