Leyla
Mi oficina olía a café frío y a ambición.
Llevaba tres semanas encerrada en esas cuatro paredes y ya las sentía más mías que mi propio apartamento. La pizarra blanca estaba cubierta de notas con letra que solo yo podía descifrar: nombres de proveedores, paletas de colores, tallas, porcentajes de mercado, fechas de entrega.
El escritorio era un campo de batalla de carpetas, muestras de telas y vasos de café vacíos. Y en el centro de todo, mi computadora con las hojas de cálculo que se habí